¿Capitalismo o Tecnofeudalismo?
En el debate político actual, es común escuchar denuncias sobre el deterioro de la calidad de vida frente al enriquecimiento de unos pocos. Sin embargo, estas críticas suelen quedar en la abstracción y sólo algunos sectores han logrado instalar una discusión profunda sobre la institucionalidad y el crecimiento del “círculo rojo” a escala global. Por esta razón, es que resulta necesario estudiar los cambios en el régimen de acumulación actual en profundidad, en tanto si bien el ámbito de las política públicas es el nacional, el del capital es global. En este marco, recientemente apareció en agenda la idea de un retorno al feudalismo a partir del comportamiento de las Big Tech, para explicar el empeoramiento de las condiciones de vida de la mano de los desarrollos Varoufakis y Cedric Durand.
Hubo un tiempo en donde el debate se centró en la mutación del capitalismo industrial hacia un capitalismo financiero, donde una proporción cada vez más creciente del excedente se destinaba a inversiones especulativas en detrimento de la inversión productiva, afectando los salarios y el empleo. Este cambio en el régimen de acumulación fue denominado financiarización y ha sido abordado desde distintas escuelas del pensamiento económico. Desde una perspectiva marxista, aparecen Sweezy, Lapavitsas y Arrighi; desde el enfoque regulacionista, Boyer; y desde el postkeynesianismo, Epstein y Krippner. Las diferencias entre estos enfoques fueron sistematizadas recientemente por Nicolás Cognigni (2024). Su marco de análisis plantea una división entre dos enfoques: los autores marxistas ponen el acento en el agotamiento del capitalismo de posguerra y en las necesidades estructurales de la acumulación para recuperar la tasa de ganancia, mientras que el resto de la heterodoxia centra el análisis en las políticas económicas que habilitaron una nueva configuración institucional que permitió esa recuperación a través del crecimiento del sector financiero. El autor además advierte que no comprender la naturaleza estructural de la financiarización conlleva riesgos políticos graves, como creer que restringiendo determinada práctica se pueden bloquear las tendencias hacia la financiarización, y así comenzar a retrotraer las transformaciones históricas del capitalismo actual.
Los cambios en el régimen de acumulación de capital parten de una premisa básica: el motor principal del capitalismo es la maximización de la tasa de ganancia. Hasta la década de 1970, el crecimiento de la economía de los países centrales de Occidente estuvo regido por el modelo fordista. Este modelo combinaba altos niveles de productividad con un mercado interno robusto: al empresario le resultaba rentable reinvertir sus utilidades en nuevas plantas y en la contratación de personal. En un entorno competitivo, la innovación técnica era el mecanismo que permitía sostener los márgenes de ganancia. Sin embargo, a partir de los años ochenta, este modelo de acumulación entró en una fase de agotamiento. Ante la pérdida de competitividad y la ausencia de innovaciones disruptivas capaces de reactivar la tasa de ganancia industrial, el capital comenzó a desplazarse hacia la esfera financiera. En lugar de volcar el excedente hacia la inversión productiva, las grandes corporaciones viraron hacia la especulación bursátil como principal mecanismo para sostener sus rentabilidades.
El caso de General Motors es uno de los más emblemáticos: la compañía opera hoy con una planta de trabajadores cuatro veces menor, pero mantiene niveles de rentabilidad extraordinarios. La explicación reside en que prioriza la recompra de sus propias acciones para inflar su valor de mercado, en lugar de expandir su infraestructura productiva.
Como consecuencia, el riesgo que antes asumía el capitalista ahora se traslada al trabajador: si el mercado financiero exige mayor rentabilidad, la empresa responde con despidos o recortes salariales. A diferencia del modelo anterior, donde los salarios subían con la productividad, el salario se estanca o se deteriora para alimentar el excedente que va a los accionistas. Sin embargo, el consumo ahora se sostiene por el crédito familiar. En términos teóricos esto es una diferencia fundamental con los modelos clásicos, en donde el consumo depende del salario. En este modelo, el consumo puede ser arrastrado por las ganancias financieras vía endeudamiento (Cognigni, 2024, p. 74)
Varoufakis, en Tecnofeudalismo, señala justamente que la financiarización, que fue la forma que tomó el capitalismo para perpetuarse tras el agotamiento del capitalismo industrial, terminó creando las condiciones para la propia superación del capitalismo, pero no en el sentido emancipatorio que esperaban los movimientos de izquierda.
Según el autor el punto de inflexión fue la crisis del 2008: el capital financiero, al generar la crisis en parte por el gran endeudamiento de las familias producto de la caída de salarios, forzó la respuesta de los bancos centrales, que inyectaron crédito barato masivo para reactivar la economía. Pero ese dinero no fue a parar a inversión productiva sino a la recompra de acciones propias por parte de las grandes corporaciones, inflando los mercados financieros. Con esas acciones revalorizadas como garantía, las grandes tecnológicas tomaron prestado capital prácticamente gratuito y lo invirtieron en construir un tipo de capital radicalmente diferente -el capital en la nube según el autor-, que ya no obedece la lógica capitalista del beneficio sino la lógica feudal de la renta. De esta manera, Amazon, Meta y Google se transforman en “señores feudales de la nube”: concentran nuestros datos, conocen nuestras preferencias y cobran renta a cualquier empresa que quiera llegar a sus clientes. Sus vasallos no tienen otra opción: o pagan, o desaparecen del mercado. Amazon funciona como el ejemplo más claro: controla los algoritmos de visibilidad y cobra una comisión de entre el 15% y el 40% a los vendedores que operan en su plataforma, no porque haya innovado ni competido por ese privilegio, sino porque posee el acceso exclusivo a cientos de millones de compradores. Eso, para Varoufakis, no es ganancia capitalista: es renta feudal.
La distinción es clave. El beneficio es el excedente que obtiene quien arriesga capital para producir algo nuevo, y es vulnerable a la competencia: cuando Sony inventó el walkman obtuvo grandes ganancias, pero la competencia las fue erosionando hasta que Apple llegó con el iPod. Esa vulnerabilidad competitiva es, para Varoufakis, la virtud dinámica del capitalismo: obliga a los capitalistas a innovar, invertir y reducir costos. La renta, en cambio, deriva del acceso privilegiado a bienes cuya oferta es inelástica -tierra fértil, pozos petroleros, ubicaciones estratégicas-, y es inmune a la competencia. El rentista no innova ni compite: se enriquece mientras duerme, porque su ventaja proviene de la posición, no del esfuerzo.
No obstante, este enfoque resulta discutible. Como señala Evgeny Morozov (2022) en su crítica a la tesis tecnofeudal, no es evidente la ausencia de innovación en las grandes tecnológicas. En 2020, por ejemplo, el gasto en I+D de Alphabet alcanzó los 27.500 millones de dólares, mientras que Amazon destinó 42.700 millones al mismo rubro, empleando además a más de un millón de personas (lo que representa uno de cada 153 trabajadores en EE. UU.). Si estas firmas fueran meros rentistas “ociosos” que se limitan a explotar sus infraestructuras, el planteo de Morozov es contundente: ¿por qué no despiden a su personal y dejan de invertir en lugar de asumir semejantes costos operativos?
En segundo lugar, el modelo de negocio de Google o Amazon no se asemeja tanto a una apropiación forzosa de corte feudal, sino a un mecanismo más sutil: la recolección masiva de información generada por terceros sin contraprestación alguna. De este modo, el trabajo digital ajeno —involuntario y gratuito— se convierte en la materia prima de su acumulación. Morozov sostiene que el verdadero “pecado original” reside en que Google indexa contenidos sin pagar por ellos; así, la mercancía final no son los datos en sí, sino el acceso en tiempo real a un vasto acervo de conocimiento humano apropiado gratuitamente, sobre el cual se inserta la pauta publicitaria. Al haber naturalizado la indexación como un “servicio público”, la firma queda eximida de compensar a los creadores. Por lo tanto, su beneficio no deriva de una renta feudal, sino de una forma avanzada de extracción de plusvalía basada en la explotación del trabajo digital gratuito.
Para finalizar, resulta fundamental indagar en teorías alternativas que expliquen el deterioro de la calidad de vida en Occidente. Arrighi (1994) postuló en su momento que la financiarización es una fase recurrente del desarrollo capitalista que ocurre en la transición entre hegemones: cuando una potencia dominante pierde su ventaja productiva, desplaza su acumulación hacia las finanzas. No es casual, entonces, que el auge de las Big Tech haya coincidido con la pérdida de competitividad industrial de Estados Unidos frente a China. La pregunta relevante no es si hay tecno feudalismo o capitalismo, sino qué incentivos a la inversión productiva genera cada sistema político-económico.
Sobre esto, los aportes del economista chileno José Gabriel Palma resultan fundamentales. Recuperando una perspectiva ricardiana, Palma (2023) argumenta que el problema central del capitalismo occidental contemporáneo no es tecnológico ni financiero en sentido estricto, sino rentista: las reformas neoliberales de los años ochenta entregaron el control de la economía a una clase de rentistas que viven del acceso privilegiado a activos escasos —tierra, recursos naturales, patentes, posiciones financieras, plataformas digitales— sin ninguna obligación de invertir esos ingresos productivamente. Pero la existencia de renta no es una novedad ni una anomalía: es una característica permanente del capitalismo desde sus orígenes.
Lo que distingue el análisis de Palma es su contrapunto asiático. Corea del Sur, Taiwán, Singapur e Indonesia no resolvieron el problema rentista aboliendo las rentas, sino disciplinando a sus rentistas mediante condicionalidades de desempeño: el acceso a subsidios, crédito barato o recursos naturales estaba condicionado a metas exportadoras, diversificación productiva y reinversión doméstica. Las rentas existían, pero no eran “fáciles de gastar”: debían canalizarse hacia la frontera productiva. Así, Corea pasó en pocas décadas de fabricar zapatillas Nike a producir semiconductores de última generación, mientras que América Latina lleva medio siglo atrapada en el extractivismo y el ensamblaje, sin dar el salto al procesamiento de sus propias materias primas.
De esta manera, la financiarización no es una causa autónoma del problema, sino su expresión más visible: cuando los rentistas no tienen incentivos para invertir productivamente, el dinero fluye hacia activos financieros, burbujas y recompras de acciones propias. Los informes sobre el fin del capitalismo, concluye Palma, están grandemente exagerados; lo que está muriendo es su capacidad de disciplinar a quienes acumulan sin producir.
En conclusión, el debate sobre el tecnofeudalismo y la financiarización nos obliga a repensar si estamos ante el fin del capitalismo o ante su fase más extrema.
Bibliografía
Arrighi, G. (1994). The Long Twentieth Century: Money, Power and the Origins of Our Times. Verso. (En español: El largo siglo XX).
Boyer, R. (2010). Los financieros ¿destruirán el capitalismo?. Catarata / CEIL-PIETTE.
Cognigni, I. N. (2024). Una revisión crítica de las explicaciones históricas del capitalismo contemporáneo en la Tesis de la Financiarización. Cuadernos de Historia. Serie economía y sociedad.
Morozov, E. (2022). Critique of Techno-Feudalism. New Left Review.
Palma, J. G. (2023). Por qué la economía de los países ricos se parece cada vez más a la de los países pobres (y la de los países pobres a la de los países ricos). Cambridge University Working Papers.
Van der Zwan, N. (2014). Making sense of financialization. Socio-Economic Review.
Varoufakis, Y. (2024). Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo. Deusto.