Para ser potencia, hay que animarnos

La sociedad argentina se encuentra atravesada, antes que cualquier otra cosa, por una sensación de frustración generalizada. Al menos para quien escribe, tiene sentido. La falta de resultados materiales a lo largo de 3 lustros, combinada con una alternancia de alternativas políticas en el poder se vuelven los condimentos perfectos para la sensación de que no hay salida. O, como se dice eufemísticamente, la salida es Ezeiza. Como rezaba la canción mítica de 678 “se detiene el reloj, si se acaba el amor, y no hay nada peor que la desesperanza”. El problema es que, justamente, el reloj avanzó, se acabó el amor y solo quedan alternancias de, justamente, desesperanza y rabia.

El proceso arriba descrito, cabe detallar, incluyó al peronismo que en ese entonces gobernaba, al que lo criticaba y se sumó en 2019, al antiperonismo soft y al rabioso. Repasemos algunos indicadores para demostrar el punto.

PBI estancado

El producto bruto se encuentra estancado desde hace (casi) 15 años, sobre todo si hacemos doble click en la forma más minuciosa de medirlo, que es su nivel per capita. Observemos el siguiente gráfico para apreciar el proceso.

Fuente: elaboración propia en base a worldometers.info

La trayectoria de una de las variables estándar para medir la evolución de la calidad de vida en una población es ilustrativa del momento en el que nos encontramos dentro de nuestra trayectoria de desarrollo. Un instante, como mínimo, poco feliz. Se vuelve más gráfico si pensamos que nos acercamos, paso a paso, a una trayectoria escolar completa (18 años) de empeoramiento de las condiciones de vida para el promedio de la población.

Las causas de esta decadencia son múltiples, lo cual dificulta que puedan ser enumeradas (y mucho menos exhaustivamente tratadas) dentro de este texto, pero podemos identificar algunas para concentrarnos hacia el final en los aspectos más importantes.

Argentina, leading case contra la curva de Phillips

Una de las demostraciones de nuestra singularidad es que hemos logrado, con mucho esfuerzo colectivo de la dirigencia, volvernos el ejemplo antagónico de la curva de Phillips. Según este concepto macroeconómico, existe una relación inversa entre la capacidad para aumentar el empleo (vía crecimiento) y la baja de la inflación. La Argentina ha demostrado, ya en más de una ocasión, que es posible ver crecer la inflación y destruir puestos de trabajo al mismo tiempo. Algunos ejemplos son los años 2018 y 2019, a los que se le agrega la tendencia durante el segundo semestre del 2025.

Este fenómeno sólo es explicable en el marco de nuestra prisión dentro de un régimen de alta inflación que ya lleva casi 20 años, el cual a su vez explica que por momentos haya tasas de interés en pesos altamente positivas que no logran su cometido, el cual es evitar las huidas de la población hacia otros activos para ahorrar (dólares, propiedades, etc.).

Nuestra profundización en esta deriva tiene como corolario una incapacidad para traducir las etapas de crecimiento (principal motor para mejorar las condiciones de vida de la población) en fuertes reducciones de la pobreza.

Esto último permitió que haya casos donde el postulado de la curva se cumplió. Ejemplo concreto de dicha situación fue que en 2021 y 2022 el PIB argentino creció 10% y 5.2%, respectivamente. Ese salto permitió, por inercia, seguir reduciendo el desempleo, pero con la incapacidad para hacerlo con la creación de puestos de trabajo de calidad. Al mismo tiempo, así se explica que el menor indice de pobreza que consiguió el Frente de Todos fue 36.5% a mediados de 2022. Ya en diciembre del mismo año, el valor del indicador publicado por el INDEC escaló al 39.2%. Imposible avanzar si para hacer evolucionar nuestro Producto necesitamos programas inflacionarios con cepo cambiario y protección comercial desmesurada.

Suba del desempleo, piso de la inflación y caída de los ingresos: se reduce la pobreza

Los resultados que vimos la semana pasada en el índice de pobreza e indigencia de fines del 2025 sorprendieron a muchas personas. En ese sentido, se agitaron debates de todo tipo. Productivos algunos, innecesarios otros. Antes de nombrar uno de los útiles, hagamos un repaso por los datos que describen el 2025 de punta a punta:

  1. El desempleo subió del 6.4% al 7.5% si comparamos los 4tos trimestres de 2024 y 2025;
  2. La inflación trepó de manera intermensual desde mayo hasta diciembre, casi duplicando su valor desde el 1.5% hasta el 2.8%;
  3. El PBI creció 1.9%, pero traccionado por 4 sectores menos empleo-intensivos (Agro, Pesca, Energía-Minería e Intermediación Financiera), que compensaron con sus fuertes subas el estancamiento del comercio, la construcción y la industria. A eso se le suma los rubros estrella del modelo se desenvuelven sin irradiar ni dinamizar todo lo posible a nivel interno, dado el marco regulatorio que el gobierno nacional creó para blindarlos (el RIGI);
  4. Los salarios registrados (públicos y privados en conjunto) cayeron al 92% de su valor si tomamos como base 100 la asunción de Javier Milei. El dato es más fuerte si vemos que ese retroceso se concentra, en el caso de los registrados privados, durante el 2025 y no el 2024 (a diferencia de los empleados públicos, que vieron caer sus ingresos de manera sostenida durante todo el bienio).

Entonces, con ese cuadro de situación social y económica, ¿como se explica una caída de la pobreza por ingresos que en 12 meses fue del 38.1% al 28.2%? La respuesta más completa la dió el CEDLAS, detallando en su último trabajo un triple enfoque que explica una mejora a contramano del indicador más sensible. Los factores que dieron lugar a esa reducción fueron:

  1. Una caída de la inflación, que en períodos de gran aceleración tiende a exagerar mucho al aumento de la pobreza, dada la sensibilidad de su medición por ingresos a los descalabros macroeconómicos, como también su reducción en los procesos de desinflación.
  2. Una mejora en la capacidad de captar la declaración de ingresos por parte del INDEC, la cual impactó fundamentalmente en el sector de los ingresos informales, clarificando un poco la situación social de los hogares y personas que conforman ese sub-universo;
  3. la desactualización de las canastas de consumo que hacen a la medición de la EPH del INDEC, siendo que las mismas fueron constituidas en el 2004, momento en que los hábitos de la sociedad eran otros (recordar las visitas a Blockbuster y las llamadas por teléfono fijo).

Bajo ese triple efecto, los autores del paper desarrollan un análisis exhaustivo que concluye en la siguiente hipótesis: una caída real de la pobreza desde el 41.5%, que había cuando Milei asumió, hasta el 38% en diciembre del 2025. Esa baja se encuentra explicada fundamentalmente por la desinflación que hubo desde el salto al 25% mensual de diciembre 2023 hasta el 2.1% de diciembre del 2024, la cual explicó el rebote económico que hubo durante ese primer año de mandato.

Toda esta descripción pone de manifiesto que, si bien la principal locomotora para sacar personas de la pobreza es el crecimiento, la pérdida de control en algo tan sensible como la inflación puede ser parte esencial en una etapa de estancamiento (en materia de progreso material) tan larga como la que llevamos.

¿Cómo seguimos?

La dinámica de un PBI estancado, una moneda derretida y un mercado de trabajo precarizado, independientemente de que una serie de factores coyunturales maquillen una foto puntual de los indicadores sociales, tienen consecuencias para la estabilidad de un país.

Para que eso suceda no necesariamente tiene que haber una explosión de protestas, situación por la que estamos acostumbrados a pasar frente a la acumulación de insatisfacciones. Por el contrario, existen formas más silenciosas bajo las cuales se sedimentan descomposiciones nacionales. Una de ellas es la balcanización de las agendas por región. En ese sentido, las declaraciones de diversos dirigentes y las mediciones de opinión pública tan diferentes según la geolocalización son señales que nos marcan nuestra deriva desde una Federación hacia una Confederación. El principal problema de esa metamorfosis es que no se trata de una decisión política que fue consecuencia de los debates sobre el proyecto de país, sino de una consecuencia no buscada, fruto de la suma de desaciertos.

¿Significa esto que estamos condenados a ese destino? En este texto creemos que no, pero que la solución no será mágica. El saldo positivo son una serie de factores con los que (aún) contamos como país para apalancar un sendero de progreso y desarrollo. Nuestros recursos naturales, un capital humano de primer nivel en muchos rubros, know hows acumulados gracias a la capacidad de resiliencia que incubamos con las sucesivas crisis y la ausencia de hipótesis de conflicto con otras naciones. Todas oportunidades o situaciones que nuestro actual gobierno se empecina en dilapidar o arruinar, pero que todavía no han sido dinamitadas.

No hay salida fácil ni camino sencillo, menos aún cuando (probablemente) acumulemos para diciembre de 2027 16 años de estancamiento. Solucionarlo requiere mirarnos al espejo y reconocer que, si bien tenemos virtudes, hay defectos por corregir. No serán los últimos, pero tampoco pueden seguir siendo los mismos. Para ser potencia, hay que animarnos.

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