Inflación y pobreza: conclusiones incómodas de 54 años de datos

La relación entre inflación y pobreza siempre ha resultado intuitiva para muchos analistas, incluidos no pocos economistas. Sin embargo, cuando uno busca evidencia empírica rigurosa que la respalde, encuentra mucho menos de lo esperado. Y no hace falta explicar por qué el debate tiene actualidad en nuestro país: ¿es posible atribuir la caída de la pobreza que el gobierno nacional exhibe como su mayor logro a la reducción de la tasa de inflación?

Con esta pregunta en mente, nos pusimos a trabajar el tema. El resultado es un documento de trabajo del Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP-UBA) que intenta aportar evidencia que permita responder esta pregunta. El trabajo se llama “The inflation-poverty nexus: evidence from a cross-country approach” y es de Joaquín Waldman y los autores de esta nota, Lautaro Souto y Martin Trombetta.

El punto de partida: un vacío llamativo

No es exagerado decir que los datos de distribución del ingreso de 2024-2025 tomaron a todos los economistas por sorpresa. La caída abrupta de la pobreza en un contexto de shock contractivo, débil crecimiento económico y limitados esfuerzos de política social es el tipo de cosa que no estaba en el Prode de nadie. Eso nos llevó a empezar a estudiar seriamente la cuestión de los efectos distributivos de la inflación.

Empezamos la revisión de literatura sobre el tema, y vimos que había mucho escrito sobre inflación y crecimiento. Si bien los primeros debates en la literatura encontraron una relación lineal y positiva, en los años noventa emergió un consenso en torno a una relación altamente no lineal: la inflación impulsa el crecimiento en niveles bajos, pero lo obstaculiza cuando es más elevada. Esto no es algo novedoso (y de hecho son muchos los economistas argentinos que han hecho importantes contribuciones a esta literatura) y de hecho tiene relación con el tema del momento (ya que sabemos que el crecimiento económico reduce la pobreza), pero nuestro interés iba más allá. Queremos entender cuál es el efecto de la inflación sobre resultados distributivos pero aislado de sus efectos vía crecimiento.

Los estudios previos sobre el impacto de la inflación en la desigualdad del ingreso han arrojado resultados mixtos, algunos sugieren que la inflación eleva la desigualdad de ingresos, mientras que otros encuentran que los episodios desinflacionarios también están asociados a aumentos en la desigualdad. En cuanto a la relación entre inflación y pobreza, los resultados son aún más limitados. Si bien existen antecedentes que documentan una relación positiva entre estas variables, desde un punto de vista metodológico se trata de evidencia poco concluyente, severamente limitada por tamaños muestrales pequeños, no inclusión de variables de control y alta sensibilidad a la especificación del modelo. Concluimos entonces que había una pregunta abierta y nos pusimos a trabajar en la mejor respuesta posible.

Cinco décadas y media de inflación y pobreza

Combinando distintas fuentes de datos, construimos un panel internacional para el periodo 1970-2024, con información sobre tasa de inflación anual, producto bruto interno (PBI) per cápita y tasas de pobreza. Comparar niveles de pobreza entre países siempre ha sido un desafío metodológico de alto voltaje; afortunadamente, la Poverty and Inequality Platform (PIP) del Banco Mundial ha realizado un enorme esfuerzo de armonización de datos de prácticamente todos los países del mundo y ofrece al usuario la distribución mundial de la tasa de pobreza para una ventana temporal considerable, dada una línea de pobreza elegida.

Y elegirla bien no es una cuestión menor, porque típicamente los países usan líneas de pobreza alineadas con su nivel de desarrollo relativo: cuanto más desarrollado el país, más alto es el umbral de ingresos necesario para que un hogar sea considerado “no pobre”. Esto explica por qué es generalmente erróneo comparar estadísticas oficiales de pobreza entre países, ya que en general estas están calculadas con líneas de pobreza distintas (amén de otras decisiones metodológicas, que PIP se encarga de homogeneizar entre países tanto como ello es posible).

Y la distribución internacional de la pobreza se ve muy distinta según la línea seleccionada: si fijamos una línea muy baja, probablemente veremos una distribución interesante en África, Centroamérica o Asia del sur, pero concluiremos que casi todo el resto del mundo es libre de pobreza. En cambio, una línea alta posiblemente otorgue variabilidad interesante en Europa, Norteamérica y Sudamérica, mientras el resto de la población mundial es casi íntegramente pobre. Para nuestro estudio, hicimos estimaciones con 4 líneas de pobreza: 2, 5, 10 y 15 dólares diarios per cápita a paridad de poder adquisitivo. La primera es una línea que podríamos calificar como “de países pobres”, mientras que la última es una línea “para países ricos”. A modo de ejemplo, 15 dólares por día implica algo en torno a un millón y medio de pesos por mes para un hogar típico en Argentina (haciendo la cuenta con un dólar a 1400, si es que Caputo lo mantiene ahí para cuando salga esta nota). Claramente esta es una línea que podríamos considerar exigente.

Inflación y pobreza

La estrategia de estimación es lo que se conoce como modelos de efectos fijos combinados (país y año), controlando por PBI per cápita. Recordemos por qué este control es importante: no nos interesa el efecto que la inflación pueda tener sobre la pobreza a través del (mayor o menor) crecimiento, entonces necesitamos aislar ese canal. Los efectos fijos también son importantes porque anulan otras diferencias en pobreza atribuibles ya sea a diferencias estructurales en un país que en otro (por ejemplo, porque los alimentos son más baratos en ciertas partes del mundo) o a tendencias temporales que son comunes a todo el planeta (por ejemplo, saltos en el precio internacional de los alimentos).

Ahora sí, vamos a los resultados. Encontramos que la inflación aumenta la pobreza de manera estadísticamente significativa cuando se usan las líneas de 10 y 15 dólares diarios. Cada 10% adicional de inflación bruta anual incrementa la pobreza entre 1,1 y 1,5 puntos porcentuales (pp). Pero hay que tener cuidado a la hora de interpretar este resultado, porque estamos usando la tasa de inflación bruta, no la neta, como es habitual en la conversación pública. Por ejemplo, cuando la inflación (neta) es 40%, la inflación bruta es 140%. En ese caso, un 10% extra de inflación bruta implica que la inflación neta pase de 40 a 54%, que claramente es bastante más que 4 pp extra. En palabras un poco más simples: estamos hablando de aumentos grandes en la inflación. Para las líneas más bajas (2 y 5 dólares), el efecto es menos robusto o directamente no significativo.

Entonces, tenemos que saltos grandes en la inflación están asociados a aumentos de la pobreza pero solo si somos “exigentes” respecto a qué hogares consideramos que son pobres. Esto nos deja con un resultado que creemos que es muy importante: la relación entre inflación y pobreza existe, pero solo es relevante para ciertos casos. No es importante en países que tienen inflación baja y solo experimentan cambios pequeños en esta tasa de un año al otro y tampoco lo es en países en los que casi la totalidad de la población está bajo una línea de pobreza alta. En cambio, sí es importante en países que han experimentado aceleraciones inflacionarias considerables y que, a la vez, tienen un ingreso per cápita suficientemente alto como para que una línea de pobreza alta sea útil y razonable. Países como Argentina, en una palabra.

Como optimistas que somos, queríamos ver qué pasa cuando una economía se desinfla. Por eso, la segunda parte del documento se centra en una submuestra de 165 episodios de desinflación exitosa en 101 países. Sin entrar en detalles técnicos, aplicamos una metodología internacional que considera una desinflación exitosa a aquel proceso en el que un país logra reducir su tasa de inflación anual en una magnitud considerable por un cierto período de tiempo. Repetimos la estimación en esta submuestra particular (que, es importante aclarar, es mucho más chica) y encontramos que el resultado principal se replica: durante los episodios de desinflación, la caída en la inflación va acompañada de caídas en la tasa de pobreza, ceteris paribus el ingreso per cápita.

Los desafíos abiertos

Creemos que este resultado plantea muchos desafíos tanto para una agenda académica como para la política económica (o, quizás valga decir, para la política política). Desde un punto de vista técnico, el próximo paso natural es preguntarse por qué la inflación está asociada a la pobreza, en otras palabras, tenemos una pregunta abierta sobre los mecanismos. No tenemos certezas aún (porque esta base de datos no permite responder esta pregunta), pero podemos proponer algunas hipótesis.

Los grandes cambios en la tasa de inflación podrían implicar un proceso de redistribución vía precios relativos. La aceleración inflacionaria típicamente está asociada a un aumento en el precio relativo de los transables (depreciación real), mientras que lo contrario es habitual en los procesos de desinflación (apreciación real). Dado que la canasta de pobreza está compuesta mayormente por transables, esto podría explicar por qué la pobreza sube cuando la inflación sube y viceversa. Ciertamente, este no es el único mecanismo posible. Dado que la inflación cambia la forma en que se asignan los recursos en una economía, es posible que también afecte por ejemplo al tamaño del sector informal, en el que los salarios son más bajos. Muchos colegas acostumbran mencionar el impuesto inflacionario como un factor relevante en este debate; si bien este no afecta las métricas de pobreza en países que la miden a partir del ingreso reportado (como es el caso de Argentina), esta hipótesis es aplicable a países que utilizan el consumo reportado (aproximadamente el 40% de nuestra muestra). En definitiva, el peso relativo de estos y otros factores explicativos es algo que habrá que seguir estudiando en el futuro.

Pero, saliendo un poco del registro técnico, entendemos que hay en todo esto un hallazgo incómodo para los proyectos políticos de corte progresista en nuestro país. Argentina es, posiblemente, el país que más ha padecido inflación alta en el último medio siglo en todo el mundo. De hecho, es difícil encontrar países que hayan registrado inflaciones anuales de tres dígitos en el siglo XXI sin que medie un contexto de guerra, disolución nacional o estado fallido. Nuestra disputa contra la inflación es ciertamente singular y nuestro país ha visto ya el fracaso de numerosos planes de estabilización.

No parece exagerado afirmar que la inflación es un problema que ha sido históricamente subestimado por las variantes políticas progresistas (al menos en sus primeras etapas, cuando la inflación anual se acomoda en dos dígitos). Tanto técnicos como dirigentes políticos han planteado, en distintos contextos y con variado grado de énfasis, que la inflación podría no ser un problema, al menos si se asegura que esté por debajo del aumento del salario medio. Esperamos que estos hallazgos contribuyan a nutrir y elevar ese debate. Porque resulta que la inflación, cuando se nos va de las manos, nos hace más pobres.

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