Quieren Plan

La planificación, el único camino de un proyecto a largo plazo.

Argentina vive de gobiernos de emergencia y de dirigentes que improvisan. El siglo XXI exige otra cosa: un plan, una dirección, y el peronismo es capaz de recuperarla.

“Las personas no votan planes de gobierno”, escuché decir a alguien. Es cierto. Tan válido como reconocer que la Argentina naufraga en gobiernos de emergencia —por lo menos en los últimos 15 años— mientras nos hablan de pilotos de tormentas capaces de sortear crisis.

PIB per cápita de Argentina, índice base 100 = 3T 2011, período 2011-2025
PIB per cápita, índice base 100 = 3T-2011. Fuente: elaboración propia en base a INDEC.

Así, los dirigentes políticos se destacan por su capacidad de improvisación y de actuar frente a la contingencia, a los imprevistos. Sí, esta es una de las condiciones de la política; no debería ser la regla. Asumir como verdad que un dirigente político —y, en su máxima expresión, un presidente— debe ser un rapero improvisando en la Casa Rosada nos condena a esta realidad.

Cortoplacismo permanente

La política en nuestro país parece no salir del mood electoral y de la mirada cortoplacista, de someterse cada dos años a la voluntad popular y danzar para recibir aplausos, sin pensar en el largo plazo porque en Argentina en dos meses no sabés lo que puede pasar. Y esa profecía se autocumple una y otra vez.

Plan: Argentina quiere plan, planes. Nuestro país demanda la hora en que las fuerzas políticas vuelvan a trazar ideas, imaginarios, utopías de largo alcance. Un plan de gobierno debiera ser la síntesis práctica de ese camino. Cualquier militante —activo, enamorado, frustrado, disgustado, alejado, desencantado— debe preguntarse: ¿cuál es el proyecto político? Si nadie encuentra una respuesta certera —más allá de invocar lo que ya se hizo en otro tiempo histórico—, hay un problema. Y es serio.

El peronismo ha abandonado la planificación estratégica para aferrarse solo a la táctica y disputar elecciones; es decir, tiene estrategias electoralistas. Se habla de personas, de dirigentes, y nada de las ideas. Incluso si nos remontamos a la interna Menem–Cafiero o a Kirchner–Duhalde.

La administración del poder en sí misma es una virtud, pero pocos resultados sociales tendrá si no se sabe para qué o qué hacer con ese poder. Siendo tajante: Perón, por su formación militar, nunca abandonó la idea de construir una “Argentina potencia”; Néstor y Cristina tuvieron muy en claro para quiénes gobernaban, cuál era la masa beneficiaria de sus políticas, pero no se logró una transformación perdurable en el tiempo, sino discutir redistribución de ingresos. Esta mirada puede sonar reduccionista —y lo es—, pero sirve para forzar la pregunta: ¿qué transformación estructural nos permitimos imaginar? Sin dudas es una lectura indudablemente injusta para quienes escribieron un capítulo en la historia argentina.

PIB de Argentina a precios constantes de 1993, período 1993-2012
PIB a precios de mercado, en millones de pesos de 1993. Fuente: elaboración propia en base a MECON.

Otra realidad que describe a la política argentina es que el bipartidismo está muerto, nadie asistió al funeral y el pueblo es autor material del crimen. Un bifrentismo aún se sostiene: parece perdurar la fragmentación peronismo vs. antiperonismo. Este escenario dificulta aún más la posibilidad de tender acuerdos programáticos claros, porque florecen dirigentes que acumulan menos poder que sus predecesores. Queda en el espejo retrovisor la imagen del Pacto de Olivos, donde dos referentes partidarios redefinieron la Constitución Nacional en 1994 que, sea dicho, hay que volver a cambiar. En este contexto, inviable.

Gobernar en tiempos de reels

El mundo cambió. Cambia. El smartphone y sus apps son la revolución social del siglo XXI, acelerada por el desarrollo de la inteligencia artificial. Nuevos actores económicos globales, nuevas formas de trabajo, nuevas formas de relacionarnos y, por sobre todas las cosas, una forma invisible de generar valor. Los datos individuales que generamos a diario son nuestros perfiles de preferencias, que luego las empresas utilizan para generar ganancias.

Tanta información de los individuos, sumada a una capacidad inédita de profundizar la fragmentación y la polarización social, tiene en jaque a la política y a las instituciones democráticas. Aún no es claro cómo se procesará este tiempo histórico, pero lo que se percibe es que los políticos del mundo encuentran atractivo servirse de estas herramientas para expandir su impacto en la sociedad, y caen cada vez más profundo en la fugacidad del algoritmo.

No se gobierna como se hace campaña, no se gobierna como se administran las redes sociales, no se gobierna en los tiempos de reels. La gestión pública, hoy más que nunca, requiere serenidad, templanza, planificación y consenso político para tener un rumbo estable. Quizás por eso encontramos que los países occidentales ven en vivo cómo se agudiza la crisis político-institucional de representación, traducida en la alternancia de sus presidentes y partidos gobernantes, mientras que los países de partido único no se ven igualmente afectados.

Me resulta simplista plantear que el problema es la democracia; encuentro que en verdad el desafío a afrontar es la adaptación de cómo hacer política en este nuevo contexto, el esfuerzo de saltar la brecha algorítmica y no buscar un minuto de fama, sino contenido serio. Para que el efecto sea perdurable en el tiempo, el peronismo no puede tener vacante, sin consolidar, una idea de desarrollo de nuestro país que busque acortar la brecha tecnológica con los países desarrollados. Es un autoflagelo político no concebir que la estabilidad macroeconómica es un activo en sí misma para negociar con el mundo, para buscar inversiones. La Segunda Guerra Mundial terminó hace mucho; no sabemos si estamos asistiendo a la Tercera, pero sí podemos afirmar que el Estado de bienestar debe ser repensado: el peronismo tiene que definir una nueva estatalidad en tanto la salud y la educación públicas sean de calidad.

En este sentido, la discusión que se abre es realmente compleja —en un contexto de innovación tecnológica vertiginosa— donde la nueva estatalidad, me refiero al rol que ocupe el Estado como órgano articulador para el desarrollo económico, es el new deal del siglo XXI. Hay quienes plantean como opción una renta universal u otra acción innovadora.

¿La renta universal asume el descarte o lo combate?

La renta universal es comprendida como una acción estatal que, en nuestro caso, significaría una suma económica para toda la población argentina por igual, partiendo de que ese dinero satisfará las necesidades básicas. Pero en esta dimensión subyace un dilema: asume a priori que una porción de la sociedad no podrá insertarse en el universo del trabajo y, por ende, permanecerá excluida. El Papa Francisco conceptualizó este fenómeno como sociedad del descarte o descarte mundial, en el que partes de la humanidad son sacrificables en pos de una pequeña elite que se considera digna de llevar un consumo ilimitado, irrestricto.

En Argentina, el peronismo pone en el centro a las personas: la dimensión humana no se escinde del trabajador, sujeto político del siglo XX. Entiendo que el enorme desafío del siglo XXI es discutir de qué manera se generan más puestos de trabajo, cómo se piensa un modelo de desarrollo para nuestro caso, para nuestro país, con nuestra idiosincrasia. Donde no faltan bienes naturales ni sobran personas.

Solo las inversiones privadas pueden ayudarnos a dar el salto real, pero hay que saber para qué, cuáles son nuestros problemas específicos. No es el Estado el único camino, ni la autonomía del mercado en su pretendida autorregulación. Es la política —y, en clave argentina, el peronismo— la que puede articular ese nuevo pacto. Pero esta vez, con un Plan de gobierno.

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