Conducir la política energética argentina: El futuro de Vaca Muerta

Argentina no tiene un problema de recursos, tiene un problema en cómo usarlos. En un país atravesado históricamente por la escasez de divisas, la existencia de recursos energéticos con alto potencial exportador lleva a pensar de qué manera direccionarlos para trascender la urgencia y convertirlos en una base genuina de desarrollo.

Recuperar el timón en medio de la crisis energética

Luego de la estatización del 51% del paquete accionario de YPF en abril del año 2012, el gobierno de turno dotó al Estado de una herramienta fundamental para la conducción efectiva de la política energética nacional. Hasta el momento, el déficit de la balanza comercial energética, que se había comenzado a profundizar a partir del año 2007, se estaba tornando cada vez más crítico, producto de un proceso de desinversión heredado de la década neoliberal que englobaba: rezagos en infraestructura, una matriz energética muy dependiente de combustibles fósiles y el decaimiento de la producción de los pozos hidrocarburíferos que se habían comenzado a explotar durante los ´90 sin llevarse a cabo la exploración de nuevos yacimientos.

Apenas un año después, esta decisión permitió al gobierno aperturar un proceso exploratorio en la hoy tan conocida formación geológica “Vaca Muerta”, a partir del acuerdo entre YPF y la empresa estadounidense Chevron, en la búsqueda de explotar los recursos allí ubicados.

Desde entonces Vaca Muerta ganó cada vez más una centralidad indiscutible para la Argentina. Ubicada en la Cuenca Neuquina, la formación concentra recursos hidrocarburíferos no convencionales de escala global. Las reservas recuperables se estiman en 16 mil millones de barriles de shale oil y 8 billones de metros cúbicos de shale gas, con potencial extractivo en dependencia a capacidades económicas —incremento en productividad, reducción de costos, y la evolución de los precios internacionales, entre otras—. Ello ubica a la Argentina como la cuarta reserva de petróleo no convencional del mundo, detrás de Rusia, Estados Unidos y China.

Vaca Muerta como política de estado

Dentro del amplio espectro ideológico que engloba a nuestra sociedad argentina, la explotación hidrocarburífera de la formación ha unificado a las distintas gestiones de gobierno en los últimos 12 años. Lejos de ser casual, la continuidad responde a que tanto el gas como el petróleo son dos commodities altamente demandados en el mundo, fundamentales para la generación eléctrica, la producción de combustibles, lubricantes y, no menos importante, los fertilizantes —insumo clave para la producción agropecuaria—.

En paralelo, encontrar una primera solución a la recurrente problemática argentina de escasez de divisas a través de recursos con alta demanda y claro potencial exportador —y con ello potenciar la sustitución de importaciones y la formación de saldo positivo en la cuenta corriente— dota de infinidad de fundamentos a las distintas decisiones gubernamentales en favor del desarrollo de Vaca Muerta.

De esta manera, lo que en un primer momento resultó una decisión de riesgo se transformó con el correr de los años en un foco de rentabilidad creciente, ordenando al resto de los actores participantes. A esto se sumó la necesidad de los países desarrollados de explotar sus propias reservas no convencionales, lo que aceleró la búsqueda de tecnologías que eficientizaran la extracción y redujeran los costos de producción.

El riesgo de una nueva soja

Hoy la situación es diametralmente distinta. Argentina muestra un superávit comercial energético consolidado, de USD 5.729 millones en 2024 y de USD 7.829 millones en 2025, explicado principalmente por la suba de exportaciones de petróleo crudo y la baja en importación de gas natural, tanto a partir de gasoductos desde países limítrofes como de GNL.

En los últimos años el crudo ganó una cada vez mayor participación en la canasta comercial, aportando un flujo creciente de dólares al sector externo. En tal sentido, el petróleo representó el 66% de las exportaciones energéticas en el 2024, ascendiendo al 69% en 2025. Actualmente, la participación convencional-no convencional es aproximadamente de un 30-70, en contraste con el año 2013, en el que el 99% de la producción era convencional.

Además de exportarse, el petróleo crudo abastece a las refinerías locales para la posterior producción de subproductos —naftas, fueloil, gasoil, entre otros—, el “downstream” como se conoce en la jerga. Sin embargo, el crecimiento de esta industria no se dio de la mano del desarrollo de Vaca Muerta, la capacidad instalada de refinación se encuentra prácticamente planchada desde el 2010.

Estos subproductos lejos están de comportarse como el petróleo. De base no se tratan de commodities —con los niveles de demanda global y liquidez característicos de este tipo de bienes—; al contrario, la dependencia de la demanda del mercado interno los hace susceptibles a los contextos de recesión. A su vez, los niveles de empleabilidad son fundamentalmente disímiles: mientras que la industria del crudo se puede considerar un enclave de alta productividad y empleo especializado pero reducido; el downstream tiene un nivel mayor de empleabilidad y genera encadenamientos industriales.

En este sentido, poner la lupa en el downstream nos permite presentar un caso particularmente ilustrativo de lo siguiente: nuevamente en Argentina pareciera darse una marcada tensión entre utilizar el recurso primario para garantizar la sostenibilidad de la cuenta corriente; y desarrollar la industria local. La elección entre lo urgente, generar dólares; y lo importante, la estrategia energética que adopta el país.

Hoy día estarían dadas las oportunidades para trazar una ruta de desarrollo, pero no hay dudas de que el Estado es el único que puede cumplir el rol de conductor. ¿Por qué es así? Porque se trata de un mercado fuertemente oligopólico, conformado en gran medida por capitales internacionales, y con la natural tendencia a la rápida captación de ganancias. Ello conlleva a generar posicionamientos, en principio cortoplacistas, que se focalizan en generar la infraestructura únicamente necesaria para la exportación; sin dar atención al abastecimiento interno, la industrialización local, y la red de transporte doméstica, entre otros.

En esta línea, el mercado por sí solo no va a generar las condiciones necesarias para el pleno aprovechamiento de las ventajas comparativas de la Argentina en materia energética. Conducir las capacidades existentes —y desarrollar nuevas— es función del Estado, pero siempre en articulación con los mercados en donde colocar la oferta. Generar incentivos le dicen.

En definitiva, la discusión escapa a lo meramente energético o sectorial: es económica y fundamentalmente política. Inmersos en un mundo extremadamente volátil estamos frente a un punto de inflexión histórico. El desafío no es menor: orientar la oportunidad en función del desarrollo, o limitarla a un auge sin transformación.

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