Un nuevo gobierno en un mundo de mierda
Bienvenidos mandriles de todo color y subespecie.
Bienvenidos a un espacio que intenta discutir ideas por sobre las personas. Evitar espantapájaros de paja que solo entretienen en Twitter e intentar centrarnos en una idea simple: ¿Qué puede pasar con la economía argentina después de Milei?
Un mundo de mierda
Es cierto que para poder ensayar algunas respuestas a esa pregunta primero hay que intentar retratar la actualidad, entender de dónde venimos y recién ahí proyectar los posibles futuros. Algo que solemos hacer mucho los economistas, con peor o mejor resultado, cual metoólogo un viernes por la mañana.
Con la sutileza que me caracteriza empiezo de lo general para llegar —rápidamente— a lo particular: vivimos en un mundo de mierda.
Estamos inmersos en pura incertidumbre: la economía global por 2 tweets de Trump puede volar; el fenómeno de los asalariados pobres o que ya no son clase media como lo eran no es exclusivamente argentino; la inteligencia artificial avanza de una forma descabelladamente acelerada y la concentración de la riqueza nunca estuvo peor.
Me detengo en este último punto. Según Forbes los 3000 hogares más ricos del mundo concentraban en 1990 el 4% del PBI global y pasaron a superar el 16% en el 2025. Además se puede observar que el proceso de concentración del capital se acelera en las dos últimas grandes crisis globales: la crisis financiera del 2008 y el COVID en el 2020.
Las políticas económicas introducidas para salir de ambas crisis generaron ese resultado pero además hay un factor estructural en la dinámica financiera internacional: ¿alguna vez se pusieron a pensar que al lado de cada país pujante se encuentra un paraíso fiscal? América del Norte tiene a Panamá; Argentina y Brasil a Uruguay o Paraguay; en Europa tenemos a Luxemburgo; en Asia a Singapur o Hong Kong; por citar algunos ejemplos.
Este pequeño relato desalentador tiene como objetivo mostrar que la capacidad contributiva de ese país no es únicamente una voluntad de los gobernantes de turno y esto es absolutamente trascendental en este artículo y en los que vienen. La política económica no se trata únicamente de tener voluntad de querer que algo pase. Por supuesto que es una condición necesaria la voluntad pero no suficiente.
Los dilemas de un nuevo gobierno
Una posible —y segura— discusión para un próximo gobierno de otro color político será aumentar el Impuesto a los Bienes Personales. Los impuestos a la riqueza son bien valorados por una parte importante del espectro político, de hecho durante el gobierno de Alberto Fernández se aumentaron sin demasiados problemas. El dilema no va a ser si aumentarlos o no, sino cuánto. ¿Por miedo a que la Corte Suprema lo declare confiscatorio? No, porque los sacudidos por el impuesto muden sus residencias fiscales a Uruguay y que el efecto —al final— sea una menor recaudación que con una posición más moderada. ¿Esto es justo? Absolutamente no, recordemos que es un mundo de mierda, pero hay forma de hacer las cosas lo mejor posible. Va a ser imprescindible no caer en tribunerismos berretas.
Hay que tener claro que un gobierno siguiente al de Milei no va a ser uno de buenas noticias. La “manta corta” va a estar más viva que nunca y la puja de los distintos intereses por ceder lo menos posible en pos de construir un futuro común también.
El combo devaluación con aumento de retenciones para financiar gasto social que supimos ver y sentir durante los últimos 25 años es una receta a la cual los agentes económicos ya se acostumbraron y te anticipan. Dinámicas de adelantar importaciones y dilatar las exportaciones, estirar y tomarle el pulso a la conducción de Economía no es viable. Lo hacen los sojeros pero también cualquier kiosquero o persona que haya más o menos manejado su plata los últimos 10 años de Argentina. Es algo que generación tras generación aprende muy rápido.
Hay dos factores centrales. El primero es la inercia inflacionaria, proceso que parece no detenerse y que hoy en día está sufriendo Milei dado que le fue imposible bajar la inflación mensual por debajo del 1,5% y hoy ya promedia el 3% nuevamente pese al estrangulamiento monetario y el superávit fiscal. Con lo cual, una devaluación brusca en un proceso desordenado te puede llevar (otra vez) a tener 3 dígitos de inflación anual.
De esto ya profundizarán otros colegas. Sin embargo, vale recordar que las devaluaciones no son expansivas necesariamente, como a veces algunos opinando laxamente hacen creer. Pero siempre son regresivas: los que tienen dólares en Argentina no son precisamente los pobres y es a los primeros que perjudica (por el aumento de los alimentos y la inestabilidad nominal de precios), más allá de las medidas compensadoras posteriores.
Lo destaco porque ciertos comentaristas televisivos (que ya han sabido chocarla) venden que la devaluación es la solución, que luego las fábricas se abren y volvemos al industrialismo de 1952. Una solución simplista, falsa, que esconde los efectos negativos y bien podría ser de un Alsogaray.
En segundo lugar y aún más importante: la deuda. El gran problema de la economía argentina actual y futura.
Lo está padeciendo Milei la infructuosa baja del riesgo país por debajo de los 500pts, dan una muestra que no es un problema solamente de preferencias ideológicas del “mercado”. Esto se debe a que para poder rollevear los vencimientos de este año (unos U$D 15 mil millones de acuerdo a qué se incorpore) lo empujaron a estrangular la economía real estos primeros meses del año, con tal de acumular Reservas Internacionales que le den algún margen frente a esos vencimientos.
Para dar un orden de magnitud Argentina tenía a dic 2025 un stock de deuda de moneda extranjera de U$D 262.409 millones: casi U$D 100 mil millones corresponden a FMI más organismos internacionales, otros U$D 100 mil millones a bonares y globales, U$D 52 mil millones a letras BRCA y el resto a otras letras y avales.
Nota al margen: según datos del FMI, los argentinos tenemos fuera del sistema financiero local U$D 250 mil millones, somos el segundo país del mundo en cantidad (después de Rusia) pero el primero en términos per cápita. Para nada uno explica al otro pero no deja de ser llamativo. Qué cause se le puede dar a ese ahorro para impulsar el desarrollo del país también es un dilema pero lo peor que podemos hacer es ignorarlo.
A esos valores hay que sumarle la deuda en pesos que asciende a $278 billones. Una bestialidad pero que representa el ahorro de los argentinos y las empresas argentinas. Ahí hay de todo: plata para pagar sueldos, ahorros de las provincias y empresas, etc. Con lo cual, no es algo sencillo de transformar en un plan BONEX y que lo pague el que sigue.
Entonces, ¿la deuda es impagable? No, la deuda pública bruta no llega al 80% del PBI, en valores acordes a su tamaño, y si hablamos del sector privado sin agencias del estado u organismos multilaterales, menos del 30% del PBI. ¿Es impagable así como está? Es altamente desafiante. ¿Se reestructura y listo? Dirán los expertos en la temática que opinen del tema, pero ¿otra vez reestructurar, dado que se reestructuró hace 5 años? Suena —a priori— complejo.
¿Y el default de la deuda? Siempre es una posibilidad. Parte del Frente de Todos lo pidió en un momento determinado y es un tema que parece seguir dividiendo aguas dentro del peronismo. Personalmente creo que es la peor alternativa porque te introduce en una espiral de incertidumbre financiera, bancaria y monetaria realmente difícil de salir. Los más perjudicados no van a ser los acreedores sino los más vulnerables, que van a sentir de lleno la devaluación, la recesión y la inflación.
Ninguna de las opciones para enfrentar el problema de la deuda es la obvia. Todas tienen riesgos y consecuencias negativas. No hay buenos y malos en este punto. Lo que sí es seguro es que sin una fuerza política cohesionada con una dirección clara, es imposible resolverlo. El camino que se tome, cualquiera sea, no puede tener fisuras por la complejidad que ya tiene en sí misma el problema.
Sin embargo hay algo seguro: un gobierno peronista que siga al de Milei va a necesitar superávit fiscal. No importa el contexto o cómo lo consiga, eso es debatible, pero va a ser imprescindible para no estar con corridas financieras cada tres meses. Sea cual sea el camino que elija.
El reseteo argentino
Nuevamente, pensar que con un “reseteo heterodoxo” de la economía argentina —a partir de una gran devaluación— te va a hacer levantar el consumo interno al encarecer el consumo externo es, por lo menos, simplista. Los precios en dólares que vivimos en el 2025 eran irreales por lo caros pero tampoco lo eran los del 2023 medidos al dólar blue.
Menos aún que solamente con un “dólar caro” volvemos a revitalizar la industria. Sacando casos populares como el de FATE o Techint, en un contexto en el que un gobierno peronista va a necesitar indefectiblemente superávit fiscal, los recursos para una política industrial van a ser escasos y la planificación fundamental. Hoy —nuevamente el mundo de mierda— competimos contra un país que a los industriales les regala la tierra, prácticamente las máquinas y los subsidia para exportar.
Y acá vuelvo a alertar: tampoco hay una solución simple. Cerrar las importaciones de China no es una medida popular, pese a que a veces parezca que es lo más natural. Probablemente para una persona clase media alta que puede ir una vez por año a Brasil, Chile, Europa o Miami, le afecte pero no tanto porque puede en esos destinos comprarse ropa barata. Esta medida perjudicaría más a los que menos tienen en el corto plazo, a aquellos que compran la ropa que viene en fardos por kilo y se vende en ferias de los grandes centros urbanos como “emprendimientos” nuevos, ante la escasez de puesto de trabajo. El efecto que una medida así podría generar difícilmente pueda ser compensada por un veloz aumento del empleo industrial.
En ese dilema también se mete Dani Rodrik, especialista en desarrollo económico, que en un artículo publicado en Project Syndicate se pregunta “Consumers or Workers First?” (“¿Consumidores o Trabajadores primero?”). Esta dicotomía global afecta a todos los países: ante una economía de abundancia, en la que interpretamos que cuanto más se consume mejor se vive, ¿vale la pena sacrificar mejores puestos de trabajo (industriales) por bienes más baratos (importados)?
Lo que es seguro es que liberando todo y que el “mercado” asigne no se termina llegando a un lugar mejor. Como así tampoco subsidiando a mansalva los grandes centros urbanos con tarifas ridículamente baratas con la esperanza de que ese efecto riqueza derrame consumo en el sector industrial local, en lugar de terminar comprando dólares como suele suceder.
No todo está perdido
Aunque no parezca este primer artículo no intenta ser desalentador, todo lo contrario. Argentina tiene grandes posibilidades de encontrar su destino en un mundo enquilombado. Inició con la expropiación de YPF en un cambio estructural con pocos precedentes, pasamos de una balanza energética negativa de más de U$D 6.000 millones a una positiva de U$D 7.000 en poco más de 10 años. Las posibilidades de la minería, el turismo y la exportación de servicios son impresionantes para los valores argentinos.Hay que poder conducir el proceso pero sobre todo tener la capacidad de discutir honestamente cómo evitamos que el péndulo nos haga en 10 años estar en el mismo lugar que ahora.
Para pensar y discutir todo esto es que pensamos el Club de los Mandriles.